martes, 7 de abril de 2015


Сновидение


Soy la incertidumbre misma, la ambigüedad.
Me canso a diario de las incertezas
Me reconcilio con mis dolores
Me duermo con mis quejas
No soy más que un aire, que un viento
Que revolotea lejano en el tiempo
Sin forma
Rumbo
Destino
Puerto
 O camino

sábado, 24 de marzo de 2012

... con la violencia del mar, quisiera volver a besar, hasta sangrar...

viernes, 16 de marzo de 2012

¿De quién son los sueños?



Mucho me demoraría en relatar los sueños que tengo. Algunos son bastante imposibles; -para éstos ni las almas positivas podrían dar un atisbo de esperanza-. Mi anatomía, por ejemplo, después de 26 años de mala postura, alimentación intermitente y gustos un tanto dulces, no permitirían que me luciera como bailarina o trapecista. La elasticidad no es mi fuerte, y la coordinación motriz digamos que a veces me desconoce.

Hace tiempo que perdí la voz y el ímpetu de la guitarra. Me fui desinflando de a poco, tal como lo hice con las letras en un minuto. Y no sé si es por la edad, las nuevas responsabilidades o bien sólo porque los sueños cambian, y aquellos que daban brillo en años de infancia hoy no son más que jugarretas, pero ¿por qué tan serios?, ¿por qué todo debe ser tan académico?, ¿no es más exitoso quien tiene motivos todos los días para atacarse de la risa que aquel sin tiempo ni para mirarse al espejo y darse cuenta que sus sueños lo abandonaron hace tiempo?

Me alegro pensando por ejemplo, en una familia. Dos niños (por ahora), primero la Antonia, una niña alegre, preguntona, con aire displicente y respuestas para todo. Después Alonso, un niño más callado, que le guste el fútbol o algún deporte, reflexivo y honesto. Me veo a mí misma teniendo tiempo para verlos crecer, disfrutando de la maternidad. Retomar la guitarra y cantarles canciones de Manuel García o de Víctor Jara en sus cunas. Criar hijos con opinión, indignados ante las injusticias y activos en buscar el bien.

Me inquieto pensando en vivir en otros países, aprender nuevos idiomas, probar platos exóticos. También sería bastante feliz con un restaurant o un café, en que se toquen las canciones que me gustan, donde la gente se reúna a conversar y a arreglar el mundo en torno a un chocolate caliente o un mokachino (mis favoritos). Un restaurant donde hayan platos exclusivos para niños y donde los abuelos recuerden tiempos de juventud en torno a un aroma que les sea familiar.

Quisiera aprender el oficio de la orfebrería, aprender a trabajar en greda, saber coser y hacer mi propia ropa, aprender a bailar ballroom y animar un programa de radio.

Me he dedicado a estudiar tanto tiempo, y lo sigo haciendo, y he descubierto que me encanta ver emerger el conocimiento desde el relato de otros, de sus experiencias y descubrimientos, pero no sólo me gusta eso, también me llena inspirar a otros, ver cómo las personas se van seduciendo de aprender, crear, construir, y participar en eso me deja muy satisfecha.

De mi crianza extraigo la exigencia, el hacer las cosas bien, ser fiel a los valores. Pero tengo miedo, miedo de convertirme en una persona centrada en el éxito, en el reconocimiento. Ser una mujer frustrada, que haga que sus sueños muertos los tengan que cumplir sus hijos. Ser una mujer que un día cualquiera vea que su vida se centró en el trabajo, que no vio crecer a sus hijos, que no se asustó nunca más ante un desafío, que no se inquietó ante un viaje, que nunca aprendió nada más.

Espero que sea lo suficientemente valiente, para vivir mis propios sueños, no aquellos que los otros esperan que viva. Que me esfuerce por buscar ser feliz, que me atreva a revelar las injusticias y que tenga motivos todos los días para atacarme de la risa.


domingo, 13 de marzo de 2011

...



La mujer que me viste no se fija de mis ojos. Cuando la veo aproximarse, presurosa, aun no caigo en la cuenta de que es otro día de mirar la pantalla con la frente arrugada (que ya no sé si es para concentrarme mejor o de tanto mirarla ya no puedo ver bien). Me maquilla, me perfuma, me alienta para ponerme los zapatos y al terminar percibo una palmadita en la espalda (casi un empujón) que me da para finalmente salir de la casa.
Digamos que la odio un poco; un poco harto, con su sonrisita bonita y su energía que me fastidia. A veces me deja en la casa viendo la tele, y sale ella rauda como si fuera a cambiar el mundo porque se va a trabajar o a estudiar. Luego llega con sus bolsitas con cosas para la once, saluda al gato (como si no me viera), pone la música y se pone a cantar (como si cantara muy bien).
Cuando ella se va, la miro por la ventana. Hace sonar sus tacones (le encanta), y es como si en verdad estuviera yendo a cambiar alguno de los males del mundo. A veces quisiera tener algo más que sólo su cara, algo más de su vitalidad, de su interés por las cosas de la vida, y no ser una simple mujercilla sujeta al vaivén de los días, de esas que se conforman con mirar como otros van a cambiar los males del mundo.
Estoy en pijama, viendo una teleserie llena de dramas, casi tantos como los míos. El gato me mira desde lejos, ni siquiera se acerca un poco, no como con ella con la que se desvive en cariños. Me siento fastidiada de estar entre estas cuatro paredes. Cambio y cambio los canales de la tele pero no hay nada. Miro por la ventana, el día soleado y dos niños jugando.
Cuando éramos niñas las dos éramos como ellos. Éramos idénticas en los juegos, en las risas, en los gritos y en las travesuras. Jamás nos separamos, sólo cuando mirábamos nuestro reflejo en el agua. Nos gustaba de repente mirar llover sujetas de las manos.
Luego comenzamos a crecer. Ella se ilusionaba con ser alguien grande y yo sólo quería seguir jugando y riendo, ella se empezó a alejar y yo la comencé a odiar. Era rigurosa en hacer tareas y estudiar, quería ser escritora. Yo quería estar con ella, jugar, reír, sin preocuparme de nada. Ya no éramos una sola como antes, mientras ella se ilusionaba con la vida yo me confinaba a observarla y ver si de repente quisiera jugar conmigo, pero eso nunca pasó.
Me dice que debo ir con ella, que no puede sin mí, pero no tengo ganas, yo quiero jugar, reír, no preocuparme de nada, así que me viste y me da la palmadita en la espalda. Ella quiere cambiar los males del mundo, pero yo sólo quiero dormir. Ella sale haciendo sonar sus tacones y yo no quiero caminar. Ella ama y yo solo odio. Ella observa y se ríe, y yo solo la miro y me fastidia. Ella se cansa y me deja en la casa, y yo la miro por la ventana. ¿Cuándo volveremos a mirar llover tomadas de las manos?

lunes, 9 de agosto de 2010

La venganza

Anoche maté a Freddy Krueger...

Estaba, como es típico, persiguiendome en medio de la noche por una cabaña aislada en un bosque. Como siempre, no había teléfono, y obviamente no había nadie a quien pedir ayuda. El terrible personaje de mis pesadillas infantiles volvía a hacer de las suyas...
Me perseguía con sus pasos grandes y terroríficamente sonoros. Su respiración cada vez más cercana agitaba aún más mi corazón, que ya se encontraba a punto de explotar.
De vez en cuando volteaba a ver qué tan cerca estaba, pero, ¡oh!, casualmente me caía entre unas ramas y él estaba a punto de liquidarme, pero luego me erguía rápidamente y salía despavorida gritando como una loca, de miedo.
Bueno, eso hasta llegar a otra casa que igualmente se encontraba aislada y deshabitada. Ahí fue cuando burlé al estúpido Freddy.
De algún modo logré salir por una ventana mientras él seguía adentro.... Fue en ese momento en que vi un enorme cilindro lleno de gasolina y pensé rápidamente en la forma de deshacerme de ese estúpido asusta-niñitas de la cara desfigurada.
Rocié mucha gasolina por la casa y prendí fuego. Lamentablemente para él, volvió a rostizarse el rostro y a quedar más desfigurado.
Debo admitir que no me quitó el miedo, sé que volverá a visitarme y a desvelarme de mis sueños, pero me tranquiliza saber que siempre podré volver a quemarlo y rostizarlo... allá él si vuelve de nuevo... ¡qué omnipotencia, no!
xD